Pese a llevar años escribiendo y generando contenidos audiovisuales sobre belleza debo confesar que no sé maquillarme, que mi beauty bag se compone de un corrector que compré hace demasiado tiempo, un colorete en crema en tono rosado que utilizo como blush y como labial y unos polvos de sol que se rompieron y que impregnan la brocha en exceso.
Mi inversión se centra en los productos de skincare, faceta en la que combino marcazas con low cost escogido y donde no escatimo porque tengo integrada la firme creencia de que una piel cuidada te abre las puertas de los cielos, pero ese es otro tema, porque hoy vengo a hablar de como pasé de cara lavada a un maquillaje sobrecargado ambientado en los años 60 e, impulsada por una suerte de revelación, terminé haciéndome el microblading o eyeliner permanente.
De la cara lavada a un maquillaje inspirado en Twiggy
Todo empieza hace unos meses cuando recibo la invitación de unos amigos para asistir a su tradicional fiesta de primavera, siempre divertida, ambientada, exclusiva y… temática. Disfrutones y generosos, los anfitriones de esta spring party no escatiman al ambientar el espacio, seleccionar los grupos musicales y dj’s más idóneos y al contratar un catering de nivel que ofrece siempre una propuesta creativa y adaptada al mood de la fiesta. La temática es swinning London, es decir, se trata de recrear el ambiente vibrante, creativo y revolucionario del Londres de mediados de los años 60. Comparten fotos de los Beatles, los Rolling, de cabinas telefónicas rojas, de Carnaby Street y de bailes sesenteros.
Lo primero es encontrar el outfit, para ello me sumerjo en las tiendas vintage del barrio de Ruzafa, en Valencia. Tras probarme varias minifaldas, vestidos rectos de tonos vivos y botas de piel blanca por la rodilla me decanto por una túnica muy corta con formas geométricas en rojo, naranja, blanco y negro inspirada en el pop art con un punto mod. A los pies bailarinas clásicas con un poco de tacón y complementos marcados como pulseras grandes de colores y pendientes de flores.
Buscando referencias veo que la clave del look está en el maquillaje y me pongo en las manos de una de las maquilladoras de MAC en El Corte Inglés. Le muestro una foto de Twiggy y se entusiasma con la idea, me dice que pocas veces tiene la oportunidad de hacer un trabajo de caracterización y que le hace mucha ilusión. Acordamos la hora y el día y me marcho a casa con la duda de si me veré muy cargada de producto, aún así decido confiar.
Un makeup look inspirado en Twiggy
El día de la fiesta llego al stand de MAC puntual, con la cara lavada, sérum, contorno de ojos y mi crema hidratante. La maquilladora ya tiene todo el material preparado y en la pantalla de su móvil un primer plano del rostro de Twiggy, uno de los grandes referentes de la estética mod de los años 60.
Empieza con la mirada que construye sobre una sombra en azul agua de acabado mate aplicada de forma envolvente sobre todo el párpado móvil y difuminada hacia la cuenca que crea un bloque de color limpio y luminoso. Tras el color el protagonismo recae en un doble eyeliner de inspiración gráfica. Un primer trazo negro define la línea superior de las pestañas con una ligera prolongación exterior, mientras que un segundo delineado enmarca la línea inferior, separándose visualmente del ojo para recrear el efecto de «ojo de muñeca» tan representativo de Twiggy.
Las pestañas postizas son otro elemento clave. Son densas y aportan volumen y dramatismo en el párpado superior, mientras que las pestañas inferiores se enfatizan mediante máscara y definición individual, evocando el famoso efecto de pestañas marcadas de la época. En la piel mantiene un acabado natural, satinado y de cobertura ligera-media, de manera que la textura siga siendo visible. El blush en tonos melocotón se concentra sobre las mejillas para aportar frescura al rostro sin competir con la intensidad de la mirada.
Como toque final mi nueva obsesión, las pecas sutiles dibujadas suavizan el carácter gráfico del maquillaje y equilibran la composición con un acabado más desenfadado. En los labios un perfilado rosa suave y brillo. Me miro y ¡wow!, al principio me cuesta reconocerme, no puedo apartar la mirada de mis párpados y las pecas. De camino a casa me hago unas cuantas fotos y, ya vestida, me siento de verdad en el personaje. Ya en la fiesta varias personas me comentan que les encanta el look pero, lo más importante de todo, es que por primera vez en mi vida no me siento rara al verme maquillada ni estoy deseando llegar a casa para lavarme la cara.

Así fue mi experiencia con el microblading
La verdadera revelación llega al día siguiente cuando, al despertarme, descubro que en mis ojos todavía queda un ligero resto del maquillaje del día anterior pese a que me limpié a conciencia. Mientras me lavo los dientes me veo distinta. Es algo sutil, pero favorecedor. Mi mirada tiene un poco más de intensidad y mi expresión parece más despierta. Durante esa semana intento reproducir el eyeliner por mi cuenta, pero fracaso una y otra vez.
Como no consigo hacerme un delineado decente, le pregunto a una amiga con unos ojazos espectaculares que lleva años con el eyeliner permanente. Me recomienda a Sabina, una de las especialistas más reconocidas de la ciudad, y el hecho de que tenga la agenda prácticamente completa confirma su fama. Dos semanas después consigue hacerme un hueco, aunque solo para una prueba.
Nada más sentarme le advierto de que casi nunca me maquillo y de que quiero un resultado muy natural. Ella coge un lápiz negro y, en apenas un minuto, dibuja una línea finísima en el párpado superior y otra casi imperceptible en el inferior. Ha entendido exactamente lo que busco. Me pide que lleve ese diseño durante todo el día, que me observe con calma en casa y me da cita para la semana siguiente. Esa misma tarde le escribo. Me encanta.

¿Cómo es el proceso?
El día del tratamiento me aplica una pequeña cantidad de crema anestésica con un bastoncillo de algodón y la deja actuar mientras me explica los cuidados posteriores como aplicar una crema específica durante tres días, evitar sumergir la cabeza en piscinas o en el mar y no mojar la zona en exceso durante las primeras semanas.
Empieza el procedimiento, la sesión dura cerca de una hora y, para mi sorpresa, no duele. Apenas noto un leve cosquilleo sobre el párpado. Además, la conversación con Sabina es tan agradable que el tiempo pasa volando. Cuando termina me miro al espejo y sé que he acertado.
Tras varias semanas, el pigmento ha perdido un poco de intensidad, justo lo que debía ocurrir durante la cicatrización. El resultado se ha asentado y se integra de forma muy natural en mi rostro. Varias personas me han dicho estos días que me ven especialmente favorecida, que hay algo distinto en mi cara, pero nadie ha sabido identificar qué es exactamente. Creo que el verdadero éxito de un buen maquillaje permanente reside en que no se note el maquillaje, sino la mirada. Y una clave de la que me he dado cuenta: la cosa no iba de llevar un eyeliner perfecto cada día, sino de dejar de pensar en él.


